América Latina es reconocida como
una región muy rica en biodiversidad. Sin embargo a la fecha hay muy poco
entendimiento sobre el tema, el cual se manifiesta en diversas acciones que
perjudican el sostenimiento de riqueza tan inigualable.
Al ser un ciudadano peruano, para
explicar lo arriba señalado, voy a tratar el tema del Perú, del cómo siendo un
país reconocido como uno de los 5 países más ricos en biodiversidad es a la vez
uno de los que más descuida el tema, generando de esta manera la propia semilla
de su desgracia.
Perú tiene riquezas naturales muy
vastas. Son tan numerosas que a veces conviven entre ellas. Es así que se puede
encontrar oro en medio de la selva virgen o gas en medio de una reserva
natural. A pesar que al día de hoy hay una alta tecnología que permite la
explotación de los recursos naturales sin que perjudique el hábitat o la
biodiversidad, una mezcla de malos políticos con empresarios que buscan el
mayor beneficio hacen posible que se destruyan gran cantidad de hectáreas en
donde se encuentra una gran riqueza biológica, natural.
En el sur de la selva peruana, en
uno de los lugares catalogados como de los más bellos del Mundo (la selva del
Pichis Palcazu), hay gran cantidad de oro. Ello ha generado que se produzca una
invasión de personas y empresas que, de manera informal o formal, se dediquen a
su explotación. Esta actividad ha traído un fenómeno devastador: la
deforestación, que no sólo se agota en ello, sino que trae como consecuencia
adicional que las cuencas hidrobiológicas se vean perjudicadas por el uso
irracional de elementos como el cianuro que dañan la flora y fauna de la selva
amazónica. La minería informal es muy dañina. Pero la minería formal también
hace daño, a su manera, cuando en aras de la ganancia inmediata y máxima no
utiliza tecnología de punta para la explotación del recurso mineral.
Sin embargo hay otra faceta que
es necesario señalar. La selva peruana es riquísima en especies vegetales. De
las diversas composiciones químicas de un vegetal, se pueden extraer compuestos
químicos que luego se convierten en medicinas. Es decir, la selva peruana, es
un gigantesco laboratorio, el cual aún no ha sido explotado a cabalidad.
Los científicos indican que un
biólogo especializado puede dedicar toda su vida al estudio de una planta. La
riqueza que contiene es múltiple y bien merece una plena dedicación.
Si entendiéramos de esta
importancia, tal vez daríamos prioridad a la formación de científicos para que
se dediquen al estudio y explotación racional de plantas que sólo crecen en
zonas tropicales. En ese sentido estaríamos haciendo una actividad sostenible
que beneficie al Perú por una parte y por otra permita que la selva siga
manteniendo su esplendor natural. Sería una forma de cumplir con los
lineamientos expresados en la Carta a la Tierra, que nos sugiere una
explotación racional y sostenible de los recursos del planeta. Pero no lo
podemos hacer. ¿Saben por qué? Porque no nos pertenece y no es “nuestra”
porque lamentablemente no existe el
contingente de científicos adecuado que permitan el estudio técnico, sostenible
y racional de nuestra biodiversidad.
Una fórmula interesante es la que
viene practicando Costa Rica, país el cual para preservar su riqueza de parajes
natural, ha permitido que laboratorios muy importantes estudien en lotes
determinados de la selva centroamericana, sin deteriorar el hábitat de la
biodiversidad. Esto es un esfuerzo de largo plazo que dará sostenibilidad al
recurso y permitirá la conservación de la zona. Pero para ello se requiere de
adecuadas políticas públicas, de pensamiento de largo plazo y de una ciudadanía
consciente de que esta es una medida que conviene a todos.
La Carta a la Tierra es una forma
de levantar la voz para cuidad aquello que es nuestro hogar y que merece llegar
en similares o mejores condiciones a las futuras generaciones. Y ello requiere
de un esfuerzo máximo y solidario de aquellos que hoy tenemos el privilegio de
habitar la tierra, tomar agua, admirar un paisaje, respirar aire aún no
contaminado. Lo mismo merecen las generaciones venideras.
Juan Sheput











